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domingo, 14 de agosto de 2016

Lunes 15 de agosto
El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo. Otra vez: el reino de los cielos es semejante a un comerciante viajero que buscaba perlas excelentes (Mat. 13:44, 45).
Jesús usó estas dos parábolas para mostrar que hay varias maneras de descubrir la verdad. Algunas personas la buscan usando todo lo que está a su alcance. Otras la encuentran aunque no la estén buscando; quizás alguien les habla de ella. De cualquier modo, en ambas parábolas, cada hombre reconoció el valor de lo que había hallado y estuvo dispuesto a hacer enormes sacrificios para no perderlo. ¿Cómo nos ayudan estas dos parábolas? (Mat. 6:19-21.) Pregúntese: “¿Tengo la misma actitud de aquellos dos hombres que mencionó Jesús? ¿Atesoro la verdad como ellos? ¿Estoy dispuesto a hacer sacrificios para no perderla, o permito que otros asuntos me distraigan?” (Mat. 6:22-24, 33; Luc. 5:27, 28; Filip. 3:8). La alegría que sentimos por haber hallado la verdad fortalecerá nuestra determinación de ponerla en primer lugar en nuestra vida. w14 15/12 1:16-18

Si no tiene lo suficiente para una oveja, entonces tiene que tomar dos tórtolas o dos pichones (Lev. 12:8).
La Ley que se le dio a Moisés estipulaba que los israelitas ofrecieran sacrificios (Lev. 9:1-4, 15-21). Dichos sacrificios no podían tener defectos, pues apuntaban al sacrificio perfecto de Jesús. Además, cada uno tenía que hacerse de una manera concreta. Por ejemplo, Levítico 12:6 explica lo que debía hacer una mujer después de dar a luz: “Al cumplirse los días de su purificación por hijo o por hija, traerá un carnero joven en su primer año para una ofrenda quemada y un pichón o una tórtola para una ofrenda por el pecado, a la entrada de la tienda de reunión, al sacerdote”. Aunque las instrucciones eran muy específicas, la Ley deja claro que Jehová es un Dios razonable y amoroso, como lo demuestra el texto de hoy. Aunque fuera pobre, Jehová amaba y valoraba a esa madre igual que a la que podía ofrecer un animal más costoso. w14 15/11 3:11

sábado, 13 de agosto de 2016


Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la descendencia de ella (Gén. 3:15).
¿Hasta qué punto llegaría esa enemistad? Jehová dijo que la descendencia de la mujer aplastaría “la cabeza” de Satanás y que este heriría “el talón” de la descendencia de la mujer. La enemistad entre Satanás y la mujer sería tan intensa que él trataría a toda costa de aniquilar a la descendencia de ella. No es de extrañar que el salmista clamara a Dios: “¡Mira!, tus mismos enemigos están en alboroto; y los mismos que te odian intensamente han levantado la cabeza. Contra tu pueblo astutamente continúan su habla confidencial; y conspiran contra aquellos a quienes ocultas. Han dicho: ‘Vengan y [destruyámoslos] para que no sean nación’” (Sal. 83:2-4). La meta de Satanás era contaminar y destruir la línea de antepasados de la descendencia. Con el objetivo de proteger a esa descendencia y garantizar que el Reino lograra sus fines, Jehová estableció acuerdos legales. w14 15/10 2:1, 2

miércoles, 10 de agosto de 2016

En estas mismas cosas los ángeles desean mirar con cuidado (1 Ped. 1:12).
Jehová podría haber hecho que los ángeles escribieran la Biblia. Al fin y al cabo, ellos se interesan mucho por nosotros y por lo que hacemos. No hay duda de que podrían haber escrito el mensaje de Dios para la humanidad. Pero ¿habrían visto las cosas desde un punto de vista humano? ¿Habrían podido reflejar bien nuestros sentimientos, necesidades y debilidades? No, y Jehová lo sabía. Por eso decidió que fueran hombres quienes escribieran la Biblia, y así la hizo más cercana a nosotros. Nos resulta fácil entender lo que pensaron y cómo se sintieron los escritores bíblicos y las personas de las que hablaron. Podemos comprender muy bien sus desengaños, dudas, miedos e imperfecciones, así como alegrarnos con sus alegrías y triunfos. Al igual que el profeta Elías, todos los que escribieron la Biblia tenían “sentimientos semejantes a los nuestros” (Sant. 5:17). w14 15/8 3:12

martes, 9 de agosto de 2016

El espíritu santo los ha nombrado superintendentes, para pastorear la congregación de Dios (Hech. 20:28).
Es importante que agradezcamos la labor que hacen los pastores de la congregación. Jehová quiere lo mejor para nosotros y por eso nos ha dado a los ancianos. Estos hombres son “como escondite contra el viento y escondrijo contra la tempestad de lluvia, como corrientes de agua en país árido, como la sombra de un peñasco pesado en una tierra agotada” (Is. 32:1, 2). ¡Cuánto se agradece un refugio en medio de una tempestad o la sombra de un peñasco en un día de sol abrasador! Estas comparaciones nos permiten ver cómo los ancianos nos ayudan y animan en sentido espiritual cuando pasamos por problemas. Si obedecemos a estas “dádivas en [la forma de] hombres”, demostraremos nuestro aprecio por ellos y nuestro amor por Dios y por Cristo, el Cabeza de la congregación (Efes. 4:8; 5:23; Heb. 13:17). w14 15/6 1:19

sábado, 6 de agosto de 2016


Continuó constante como si viera a Aquel que es invisible (Heb. 11:27).
El faraón era un poderoso gobernante, un dios para los egipcios. Imagine cómo se sintió Moisés cuando Jehová le dijo: “Déjame enviarte a Faraón, y saca tú de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Éx. 3:10). Moisés obedeció, proclamó el mensaje divino y provocó la ira del faraón. Después de que nueve plagas golpearon el país, este le advirtió: “No trates de volver a ver mi rostro, porque en el día que veas mi rostro morirás” (Éx. 10:28). Antes de salir de su presencia, Moisés profetizó que el primogénito del rey moriría (Éx. 11:4-8). Finalmente, mandó a las familias israelitas que degollaran una cabra o un carnero —animal sagrado para los devotos del dios Ra— y salpicaran con su sangre la entrada de sus casas (Éx. 12:5-7). Moisés no le tuvo miedo a faraón. ¿Por qué? La respuesta está en las palabras del texto de hoy. w14 15/4 2:1, 2

Den gracias a Jehová, porque él es bueno (Sal. 106:1).

A lo largo de la historia, las bendiciones de Jehová le han causado gran alegría a su pueblo. Por ejemplo, cuando los israelitas fueron liberados del faraón y su ejército en el mar Rojo, se sintieron tan felices que entonaron canciones de alabanza y gratitud (Éx. 15:1-21). Hoy, los siervos de Jehová valoramos muchísimo nuestra esperanza de ser liberados de toda tristeza y dolor (Sal. 37:9-11; Is. 25:8; 33:24). Imaginemos cómo nos sentiremos cuando Jehová destruya a todos sus enemigos y nos reciba en un nuevo mundo de paz y justicia. ¡Entonces sí que tendremos razones para estar agradecidos! (Rev. 20:1-3;21:3, 4.) Pero, pase lo que pase mientras tanto, sabemos que Jehová nunca nos abandonará (Deut. 31:8; Sal. 9:9, 10). Él seguirá dándonos todo lo que necesitemos para serle fieles. Por lo tanto, meditemos con aprecio en todas nuestras bendiciones y sigamos la exhortación del texto del día. w15 15/1 1:14, 15